Novela de Arthur R.G. Solmssen (1928-2018) publicada en 1980.
Berlín en 1922 se describe como un escenario de confusión absoluta tras la victoria aliada, donde las víctimas de la más impresionante inflación de todos los tiempos recorren las calles con banderas rojas. Tras ellos, las bandas incontroladas de excombatientes nacionalistas siguen las consignas de Adolf Hitler, mientras unas pocas familias aristocráticas, en su mayoría de origen judío, conservan aún sus privilegios financieros e intentan ignorar el barullo callejero. La ciudad huele a gasolina y está repleta de mendigos lisiados por la guerra, creando una atmósfera de decadencia y miseria que contrasta con los elegantes salones de la banca Waldstein.
En este torbellino irrumpe Peter Ellis, un joven pintor norteamericano y veterano de guerra que busca en Berlín un refugio barato para desarrollar su arte tras haber sido herido emocionalmente en el frente. Peter vive una doble vida: frecuenta los sofisticados círculos de nobles y banqueros y, al mismo tiempo, los tugurios bohemios de artistas comunistas. Su conexión con la élite alemana nace de un vínculo de sangre y fuego, pues durante la Gran Guerra salvó la vida del oficial Christoph Keith al sacarlo de un avión en llamas cerca de Verdún.
La hiperinflación actúa como el motor de la desintegración moral de la sociedad, llevando al marco alemán a perder su valor de forma absurda hasta valer apenas la billonésima parte de un Rentenmark. Este caos económico fomenta una degradación humana palpable, donde se ven escenas de mujeres desnudándose en sótanos por calderilla norteamericana frente a turistas indiferentes. El ahorro se convierte en una tontería y el endeudamiento en una virtud, destruyendo por completo los ahorros y las pensiones de la clase media.
El radicalismo político se manifiesta a través de organizaciones como la O.C. (Organización Cónsul), dedicadas al asesinato de figuras clave de la República de Weimar. El asesinato del ministro Walther Rathenau, un intelectual judío que buscaba la reconciliación con los Aliados, simboliza el rechazo violento de la derecha nacionalista hacia cualquier política de "satisfacción". Los excombatientes como Kaspar Keith, hermano de Christoph, se sienten traicionados por un sistema que consideran dominado por intereses judíos y socialistas, lo que alimenta su sed de venganza.
La familia Waldstein personifica a una aristocracia financiera que, aunque convertida al cristianismo hace generaciones, es incapaz de escapar de las etiquetas raciales impuestas por el creciente antisemitismo. A pesar de su enorme influencia y de codearse con figuras como el canciller Stresemann o el general von Seeckt, los Waldstein viven en una vulnerabilidad constante que prefieren no reconocer. Su fe en que el ejército y el orden tradicional los protegerán ignora el veneno ideológico que figuras como Hitler ya están inyectando en la juventud desorientada.
El clímax de la tragedia se produce en la esfera privada, reflejando la fractura nacional: el enfrentamiento fratricida entre Christoph y Kaspar Keith. Kaspar, radicalizado y convencido de que su hermano es un "lacayo de los judíos", asesina a Christoph y a su esposa Helena en una emboscada que Peter Ellis no logra impedir. Peter termina hiriendo a Kaspar en el proceso, un acto de violencia que destruye los últimos lazos que el pintor había tejido con la sociedad berlinesa y evidencia que el odio político ha canibalizado los vínculos familiares.
Finalmente, la introducción del Rentenmark por Hjalmar Schacht logra una estabilización económica psicológica mediante la supresión de doce ceros en la moneda, pero no puede curar las cicatrices sociales. Peter Ellis, declarado persona non grata por las autoridades alemanas que desean enterrar el escándalo político y social, es expulsado del país. Su regreso a Estados Unidos se produce en un barco que lleva el nombre de un judío suicidado, Albert Ballin, simbolizando el fin de una era de esperanza y el comienzo de una sombra mucho más oscura.
La novela ofrece una visión descarnada de cómo el colapso económico y la humillación nacional pueden aniquilar el sentido moral de una sociedad civilizada. La verdadera tragedia de la República de Weimar que se desprende del texto no fue solo la inflación, sino la ceguera de sus élites —como los Waldstein— que creyeron que el prestigio y el dinero los pondrían a salvo de una barbarie que ya marchaba por sus propios salones. El destino de Peter Ellis sirve como metáfora del observador externo que, al intentar salvar un fragmento del viejo mundo, termina siendo devorado por las contradicciones de una nación que, para "estabilizarse", necesitó primero tachar su propia humanidad.

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