jueves, 16 de julio de 2026

Jean Santeuil: la novela que Proust no pudo terminar

                                 

Jean Santeuil, escrita entre 1895 y 1899, es la primera gran incursión novelística de Marcel Proust, un vasto manuscrito que el autor abandonó sin publicar y que solo vería la luz en 1952, treinta años después de su muerte, gracias al trabajo editorial de Bernard de Fallois. Se trata de un texto inacabado, fragmentario, sin la arquitectura definitiva que caracterizará En busca del tiempo perdido, pero que constituye un laboratorio esencial para entender la génesis del genio proustiano.

La novela narra, bajo el velo de una ficción apenas disimulada, la infancia y juventud de Jean Santeuil, un joven de la alta burguesía parisina cuya sensibilidad exacerbada, sus amores dolorosos y su relación con los padres anticipan de manera evidente al narrador de la obra maestra posterior. Proust intentó aquí una autobiografía transpuesta en tercera persona, un experimento formal que revela sus dudas sobre cómo narrar la propia experiencia sin caer en la confesión directa.

Uno de los elementos más notables del manuscrito es la presencia ya de ciertos mecanismos que después perfeccionará: la memoria involuntaria, la angustia ante la separación materna, los celos amorosos como motor narrativo y la fascinación por la aristocracia como objeto de observación social casi entomológica. Sin embargo, en Jean Santeuil estos elementos aparecen dispersos, sin la trama subterránea que en En busca del tiempo perdido los conectará mediante el tiempo y la memoria.

El estilo de la obra es notablemente más directo y menos elaborado sintácticamente que el de su obra definitiva. Las frases proustianas, con su característica acumulación de subordinadas e incisos, apenas están esbozadas; se percibe un escritor todavía en formación, ensayando registros y buscando una voz propia. Esta diferencia estilística es, paradójicamente, uno de los grandes valores del texto: permite observar el proceso de maduración de un estilo que se convertiría en una de las prosas más influyentes del siglo XX.

Temáticamente, Jean Santeuil ya contiene una crítica social aguda hacia el mundo del dreyfusismo y el antisemitismo de la sociedad francesa de fin de siglo, un compromiso político más explícito que el que Proust mantendrá, de forma más sutil y sublimada, en su obra posterior. La novela también incluye pasajes de crítica literaria y estética, reflexiones sobre Ruskin y sobre el arte, que funcionan como ensayos intercalados dentro de la ficción, un procedimiento que Proust retomará y refinará después.

La estructura del libro es marcadamente desigual: hay capítulos extraordinarios, de una intensidad emotiva comparable a los mejores momentos de En busca del tiempo perdido, junto a fragmentos inconclusos, notas de trabajo y esbozos que Proust nunca llegó a integrar. Esta irregularidad no debe leerse como un defecto menor, sino como el testimonio directo de un taller literario en plena ebullición, el registro de un escritor que está descubriendo, mientras escribe, cuál es realmente su tema.

Finalmente, Jean Santeuil debe entenderse no como una novela fallida, sino como el necesario paso previo, el material en bruto del que Proust extraería, años después, con una disciplina y una visión de conjunto que aquí todavía faltaban, la arquitectura prodigiosa de su obra maestra. Es el retrato de un genio buscándose a sí mismo antes de encontrar la forma definitiva de su voz.

Jean Santeuil interesa menos por sus méritos intrínsecos —desiguales, fragmentarios, a menudo torpes— que por su valor genético: es el documento que permite reconstruir el tránsito de Proust desde el diletante mundano hacia el novelista total que redefiniría la literatura del siglo XX. Su lectura exige paciencia y una disposición casi arqueológica, pues el lector debe aceptar convivir con los titubeos, las repeticiones y las incongruencias de un manuscrito no revisado por su autor. Quien busque la perfección formal de En busca del tiempo perdido se sentirá defraudado; quien busque comprender cómo nace esa perfección encontrará aquí un testimonio insustituible. En ese sentido, Jean Santeuil no es tanto una obra para ser juzgada por sí misma como una ventana privilegiada al taller secreto de uno de los más grandes escritores modernos.

miércoles, 8 de julio de 2026

Cuerpos viles (Vile Bodies). Evelyn Waugh


Publicada en 1930, Vile Bodies es la segunda novela de Evelyn Waugh y, junto con Decline and Fall, el texto fundacional de su primera etapa como satírico despiadado de la sociedad británica de entreguerras. La novela retrata a los llamados "Bright Young Things", ese grupo de jóvenes aristócratas y aspirantes a serlo que llenaron los titulares de la prensa londinense de los años veinte con sus fiestas disparatadas, sus escándalos y su desprecio ostentoso por cualquier forma de convención. Waugh, que había frecuentado ese mundo antes de distanciarse de él con la mezcla de fascinación y repulsión que caracteriza a toda su obra temprana, construye aquí un fresco coral en el que apenas hay protagonistas en el sentido tradicional, sino una masa de personajes intercambiables que se precipitan, fiesta tras fiesta, hacia una catástrofe que el lector intuye antes que ellos mismos.

El motor narrativo, en la medida en que existe uno, es la historia de Adam Fenwick-Symes, un joven escritor sin dinero que intenta casarse con Nina Blount y que ve su fortuna aparecer y desvanecerse con una velocidad casi cómica: un manuscrito confiscado en la aduana, una apuesta ganada y perdida, un cheque que cambia de manos entre borrachos sin que nadie recuerde bien los términos. Waugh convierte el dinero en un elemento tan volátil e irreal como los sentimientos de sus personajes, de modo que el compromiso matrimonial de Adam y Nina se rompe y se rehace varias veces a lo largo del libro con la misma indiferencia con la que se organiza una fiesta más. Esta estructura circular, casi mecánica, no es un defecto de construcción sino la tesis misma de la novela: en el mundo que describe, no hay progreso posible, solo repetición hueca.

Formalmente, Vile Bodies representa una de las cumbres del estilo dialogado de Waugh, heredero declarado de Ronald Firbank. La novela avanza casi enteramente a través de conversaciones fragmentarias, telefónicas, atropelladas, en las que los personajes se interrumpen, malinterpretan y repiten frases hechas sin escucharse realmente los unos a los otros. Este procedimiento, que podría parecer un simple alarde técnico, cumple una función crítica precisa: exhibe la vacuidad de un lenguaje social que ha perdido todo contacto con el sentido. Cuando todo el mundo dice "too, too sick-making" o "divine" para describir cualquier cosa, desde un vestido hasta una muerte, el lenguaje mismo se ha convertido en ruido, y Waugh lo sabe y lo explota con una precisión de entomólogo.

Uno de los aciertos más notables de la novela es su tratamiento de la prensa y de la fabricación mediática de la celebridad, encarnada en el personaje de Adam cuando este hereda temporalmente la columna de cotilleos de la sociedad bajo el seudónimo de "Mr Chatterbox". Waugh, que había trabajado brevemente como periodista, diseca con una lucidez sorprendentemente moderna el mecanismo por el cual la fama se inventa, se intercambia y se destruye según las necesidades de una industria que no distingue entre verdad y entretenimiento. La escena en la que Adam, sin material real, empieza a inventar personajes y titulares de la nada anticipa con casi un siglo de antelación buena parte de las discusiones contemporáneas sobre la posverdad y la celebridad vacía.

La sátira de Waugh, sin embargo, no se limita a la burla de la frivolidad aristocrática; incluye también una crítica feroz a las instituciones que deberían contener o guiar a esa juventud desnortada: la Iglesia, representada por un capellán ridículo y sin autoridad moral alguna; el Estado, incapaz de imponer ningún orden coherente; y la propia familia, reducida a figuras grotescas como el padre de Adam o la Lady Metroland, que patrocina fiestas sin comprender ni le importa lo que ocurre en ellas. Waugh no ofrece ninguna alternativa positiva a este vacío: no hay en la novela ningún personaje que encarne valores sólidos desde los cuales juzgar a los demás, y esa ausencia deliberada es, en sí misma, un juicio devastador sobre la época.

El giro final de la novela, con la llegada de una guerra que estalla casi sin previo aviso en las últimas páginas, ha sido interpretado a menudo como una anticipación profética de la Segunda Guerra Mundial, aunque conviene recordar que Waugh escribía en 1930, con la memoria todavía fresca de la Gran Guerra y sin necesidad de adivinar el futuro para intuir que aquella fiesta interminable no podía sostenerse indefinidamente. La imagen final, con Adam convertido en soldado en medio de un campo de batalla surrealista donde vuelve a encontrarse con personajes de las fiestas anteriores, cierra el libro con una nota de amargura que contrasta violentamente con el tono ligero del resto de la narración, y revela que bajo la comedia había, desde el principio, una conciencia trágica del rumbo que tomaba Europa.

Conviene situar Vile Bodies también en el contexto biográfico de Waugh: la novela fue escrita mientras su primer matrimonio, con Evelyn Gardner, se derrumbaba por la infidelidad de esta, y ese dolor personal, aunque nunca se explicita en el texto, impregna la crueldad con la que se retratan el amor y el matrimonio a lo largo del libro. Nina y Adam se aman, en la medida en que esa palabra tiene algún sentido en el universo de la novela, pero su relación está tan contaminada por el cálculo económico y la indiferencia moral general que resulta imposible distinguir el afecto genuino de la simple costumbre, y esa ambigüedad, lejos de debilitar la novela, es una de sus aportaciones más perdurables a la literatura del siglo XX.

Vile Bodies no envejece como una simple crónica de los excesos de los años veinte, sino como un estudio implacable sobre lo que ocurre cuando una sociedad pierde toda referencia moral sin encontrar todavía sustituto alguno. Waugh escribe con una comicidad brillante que nunca deja de ser, al mismo tiempo, un lamento; su risa tiene siempre un filo de desesperación. La novela funciona como un díptico perfecto: la primera mitad es la comedia de una juventud que cree que la fiesta no terminará nunca, la segunda es el descubrimiento silencioso de que sí terminará, y de la peor manera posible. Ese doble movimiento, ejecutado con un control estilístico admirable para un autor de veintiséis años, convierte a Vile Bodies en una de las novelas más lúcidas jamás escritas sobre la frivolidad como síntoma de una civilización que ya no sabe qué hacer consigo misma.

martes, 7 de julio de 2026

Historias de cronopios y famas. Julio Cortázar

Historias de cronopios y de famas, publicado originalmente en 1962, se alza como uno de los libros legendarios de Julio Cortázar (1914-1984), consolidando una mirada poética que desafía las miserias de la rutina y del sentido común. A través de una colección de cuentos, viñetas y fragmentos, el autor toma partido por la imaginación creadora y el humor corrosivo, ofreciendo un antídoto contra la solemnidad y el aburrimiento cotidiano. Esta obra no solo es una introducción privilegiada al universo de Cortázar, sino que sella un pacto de complicidad definitiva con sus lectores al invitarlos a romper con la mirada automatizada del mundo.

El libro se abre con el "Manual de instrucciones", una sección que deconstruye gestos cotidianos para revelar su extrañeza intrínseca. En estos textos, Cortázar describe la tarea de "ablandar el ladrillo todos los días" y la lucha contra la "masa pegajosa" de la costumbre. Así, encontramos guías minuciosas para llorar con decoro (dirigiendo la imaginación hacia uno mismo o hacia un pato cubierto de hormigas), para subir una escalera analizando cada movimiento del cuerpo, o para dar cuerda a un reloj, advirtiéndonos que en realidad el reloj es quien nos posee a nosotros.

En la sección "Ocupaciones raras", el autor nos presenta a una familia peculiar que vive en la calle Humboldt, en el barrio de Pacífico. Este grupo se dedica a tareas libres y simulacros que no sirven para nada práctico, pero que llenan la vida de ansiedad y expectativa. Entre sus actividades destacan la construcción de un patíbulo con horca y rueda en el jardín delantero de su casa ante la mirada atónita de los vecinos, o la infiltración en velorios ajenos para llorar de manera tan auténtica que terminan por desplazar a los verdaderos deudos en su propio duelo.

La parte titulada "Material plástico" ofrece una serie de historias breves y observaciones donde lo fantástico se filtra en lo real. Aquí encontramos relatos como el de un hombre que vive sin cabeza y recupera los sentidos a través del tacto y el oído, o el "Discurso del oso", donde un plantígrado habita en las tuberías de una casa, deslizándose por los caños y acariciando las mejillas de los humanos mientras duermen. También se incluyen reflexiones sobre la conducta de los espejos y las "maravillosas ocupaciones" de enviar patas de araña al Ministro de Relaciones Exteriores.

El núcleo más icónico del libro reside en la caracterización de los cronopios, famas y esperanzas. Estos seres son categorías ontológicas que representan distintas formas de habitar la realidad. Los cronopios son descritos como objetos "verdes, erizados y húmedos" que viven sumergidos en un desorden tierno y alegre. Son poetas por naturaleza, capaces de mojarse con sus propias "lágrimas naturales" mientras mojan una tostada si descubren que su reloj atrasa.

Por el contrario, los famas representan el orden, la previsión y la rigidez institucional. Cuando los famas viajan, investigan los precios de los hoteles, declaran sus pertenencias ante la policía y consultan los médicos de guardia en el hospital. Conservan sus recuerdos embalsamándolos con etiquetas y colocándolos contra la pared de la sala, a diferencia de los cronopios, que dejan sus recuerdos sueltos por la casa entre gritos de alegría.

Finalmente, las esperanzas aparecen como seres sedentarios y algo limitados, que se dejan viajar por las cosas y se conforman con observar desde la periferia. Mientras los cronopios se entusiasman tanto al cantar que se dejan atropellar por camiones, las esperanzas suelen ser "bobas" y se limitan a imitar o reprochar las acciones de los otros. Esta tríada permite a Cortázar satirizar las estructuras sociales y celebrar la libertad creativa frente a la burocracia de la vida.

Historias de cronopios y de famas es una obra maestra de la literatura transgresora que logra fracturar el "ladrillo de cristal" de la realidad convencional. Cortázar no solo inventa nuevos personajes, sino una nueva gramática de la percepción. La crítica ha señalado que su valor reside en la capacidad de despojar a lo cotidiano de su máscara de normalidad, obligando al lector a reconocer el absurdo y la belleza escondida en el acto de cepillarse los dientes o perder un pelo en el lavabo. Es una apología de la resistencia lúdica; en un mundo regido por la utilidad y la eficacia de los famas, el cronopio emerge como un símbolo de la pureza emocional y el asombro perpetuo. En última instancia, el libro es un testimonio de que la literatura puede ser un juego serio capaz de reinventar nuestra relación con el mundo.