martes, 30 de junio de 2026

Dejádselo a Psmith (Leave It to Psmith). P.G. Wodehouse


Novela de P.G. Wodehouse (1881-1975) publicada en 1923.

Déjaselo a Psmith (1923) inaugura la presencia del protagonista más brillante de Wodehouse en el universo de Blandings, la mansión campestre que el autor convirtió en uno de los grandes espacios cómicos de la literatura inglesa del siglo XX. El castillo, gobernado en apariencia por el amable y distraído lord Emsworth pero en realidad por su imperativa hermana lady Constance, funciona como una pecera en la que los personajes se observan mutuamente sin acabar nunca de entenderse. Wodehouse establece desde las primeras páginas esa atmósfera de confusión benévola y privilegio inútil que caracteriza a toda la saga: un mundo en el que las gafas perdidas del conde, las opiniones de su jardinero escocés sobre las malvas y la llegada de poetas canadienses de pacotilla son asuntos de igual gravedad e igual urgencia.

La trama se articula en torno a un collar de diamantes que míster Keeble, marido sometido de lady Constance, desea sustraer discretamente para ayudar a su hijastra Phyllis y a su marido sin recursos. Para tan delicada misión recluta al inútil Freddie Threepwood, hijo menor del conde, quien a su vez contrata los servicios del misterioso Psmith tras leer su extravagante anuncio en el periódico. A este eje principal Wodehouse añade con maestría la presencia de la falsa poetisa Aileen Peavey y su cómplice Edward Cootes, que persiguen el mismo collar por cuenta propia; y de Eve Halliday, catalogadora de la biblioteca que actúa al mismo tiempo como interés romántico de Psmith y como agente involuntaria de Keeble. El resultado es una maquinaria de malentendidos, identidades fingidas y objetivos cruzados que el autor administra con precisión de relojero.

Ronald Eustace Psmith es, sin ninguna duda, la gran creación individual de esta novela y uno de los personajes más originales de toda la obra de Wodehouse. Su rasgo definitorio no es la inteligencia —aunque es inteligentísimo— sino el estilo: habla con una prolijidad solemne y levemente anacrónica que desarma a los adversarios, seduce a los aliados y convierte cualquier situación comprometida en una suerte de teatro privado del que él es siempre el director de escena. Psmith es un aristócrata venido a menos que ha pasado a vender pescado en el mercado de Billingsgate, pero su aristocracia verdadera es la del temperamento: nada le altera, nada le hace perder el monóculo, y ante el cañón de una pistola o la cólera de lady Constance reacciona con idéntica cortesía indestructible. En él Wodehouse anticipa, de manera cómica, al héroe existencialista que se define a sí mismo por el estilo con el que afronta un mundo absurdo.

Una de las claves estructurales de la novela es la proliferación de dobles y de identidades usurpadas. Psmith llega al castillo haciéndose pasar por el poeta canadiense Ralston McTodd, a quien Freddie encontró en el tren y persuadió de renunciar a la visita. Paralelamente, Aileen Peavey finge ser una poetisa sentimental cuando en realidad es una criminal con experiencia. Incluso Eve Halliday llega a Blandings con un propósito que no es del todo el que declara. Esta cadena de imposturas no tiene en Wodehouse ningún contenido moral oscuro: el disfraz es simplemente el medio por el que los personajes activos burlan a los personajes inmóviles, los que poseen el dinero y el poder sin saber qué hacer con ellos. La novela celebra, de una manera que no deja de ser subversiva, la astucia del que no tiene más capital que su ingenio.

Eve es uno de los retratos femeninos más logrados de Wodehouse: enérgica, práctica, capaz de registrar un sótano a oscuras con la misma determinación con que Freddie rehúsa bajarlo por miedo a los escarabajos. Su relación con Psmith sigue el patrón que el autor perfeccionaría en toda su obra: el hombre brillante y verboso que encubre su afecto real tras una cortina de frases, y la mujer que debe decidir si la pantalla le encanta o le irrita. La escena en la casita del guardabosques, en la que Psmith y Eve descubren que ambos trabajan para el mismo objetivo sin saberlo, es uno de los episodios de reconocimiento más felices de toda la novela cómica inglesa. Wodehouse no construye el amor como conflicto sino como convergencia: los dos personajes son iguales en valentía y en inteligencia, y la comedia consiste en el tiempo que tardan en advertirlo.

Alrededor de Psmith y Eve, Wodehouse despliega una colección de satélites que constituyen una de las galerías de la comedia de costumbres más completas de su época. Lord Emsworth, absorto en sus cerdos y sus flores, es la encarnación del aristócrata inglés como niño grande, incapaz de gobernarse a sí mismo y perpetuamente a merced de quien se tome la molestia de gobernarlo por él. Rupert Baxter, el secretario eficiente de gafas relucientes, representa el tipo del administrador sin humor que acaba siendo derrotado precisamente por su exceso de seriedad. Freddie Threepwood, cobarde, entusiasta y cinematográficamente educado, funciona como catalizador del caos. Y el matrimonio Cootes-Peavey, una deliciosa parodia del equipo criminal cinematográfico, añade la nota de peligro sin la cual el enredo perdería uno de sus resortes esenciales.

Sería un error reducir Déjaselo a Psmith a su argumento, porque en Wodehouse el argumento es solo el pretexto: la novela existe en su prosa. Cada frase está calibrada para producir un efecto preciso, ya sea mediante la comparación inesperada —lord Emsworth «desinflado como un calcetín mojado»—, el bathos de quien introduce lo cotidiano en lo solemne, o la perífrasis que Psmith utiliza sistemáticamente para rodear los hechos más simples con un aparato retórico de comicidad abrumadora. La prosa de Wodehouse es, en el sentido más exacto del término, musical: tiene ritmo, contratiempo y resolución, y el lector que la lee en voz alta descubre que cada coma ha sido colocada con la precisión de una nota. En esta novela esa calidad alcanza una de sus cimas, porque Psmith, al hablar, reproduce el idioma mismo del narrador, creando un espejo verbal en el que el estilo del autor se refleja y se reconoce.

Déjaselo a Psmith es, ante todo, una obra maestra de la comedia como forma cerrada: un sistema de piezas que encajan con una perfección que en la literatura solo está al alcance de los escritores que han convertido la comicidad en una disciplina. Wodehouse pertenece, junto a Dickens y Evelyn Waugh, a esa tradición británica que toma en serio la risa, que no la considera un ornamento sino el instrumento mediante el cual una sociedad se examina a sí misma con una honestidad que el drama raramente alcanza. Blandings no es un mundo de evasión: es un mundo en el que la riqueza heredada no garantiza la dignidad —lord Emsworth—, en el que la autoridad moral puede ejercerse con tiranía perfectamente legal —lady Constance—, en el que el talento genuino no tiene acceso sin disfrazarse —Psmith— y en el que la virtud más valorada es, al final, la agilidad mental de quien sabe improvisar ante la adversidad. La novela tiene también sus limitaciones: el mundo de Wodehouse es étnica y socialmente homogéneo hasta la opacidad, y su mirada sobre las clases trabajadoras —cuando aparecen— es condescendiente aunque no malintencionada. Pero dentro de ese marco ideológico delimitado, la ejecución es de una perfección que ningún lector que aprecie el idioma como artefacto artístico puede ignorar. Psmith, que dice al final que va a casarse como quien anuncia que va a tomar el té, es la última figura del caballero inglés antes de que la Historia deje de hacerle sitio: elegante, inútil para cualquier propósito serio, e infinitamente preferible a quienes se toman en serio a sí mismos.

martes, 14 de abril de 2026

Los siete infantes de Lara


El Cantar de los siete infantes de Lara (o de Salas) es una pieza fundamental de la épica castellana que ha llegado hasta nosotros no en su forma original en verso, sino a través de prosificaciones en crónicas medievales y fragmentos en romances. Considerado uno de los ejemplos más primitivos de la épica española, su testimonio más antiguo figura en la versión ampliada de la Estoria de España de Alfonso X el Sabio. El relato narra una tragedia familiar marcada por la traición y la venganza, situada en la Castilla del siglo X, bajo el gobierno del conde García Fernández y el poder de Almanzor en Córdoba.

La trama se origina durante las bodas de Ruy Velázquez y Doña Lambra en Burgos. En el transcurso de las celebraciones, estalla un conflicto entre los familiares de la novia y los siete hijos de Gonzalo Gustios y Doña Sancha. El enfrentamiento culmina con la muerte de Álvar Sánchez, primo de Lambra, a manos de Gonzalo González, el menor de los siete infantes. Este suceso siembra la semilla de una enemistad profunda entre ambas ramas familiares.

La tensión aumenta tras un segundo incidente en el que Doña Lambra se siente ultrajada al ver a Gonzalo González bañándose en paños menores. Buscando venganza por la muerte de su primo, ordena a un criado arrojar un pepino relleno de sangre contra el infante para humillarlo. En respuesta, Gonzalo mata al criado, quien había buscado refugio bajo el manto de su señora, salpicando a Lambra con su sangre. Indignada, Lambra exige a su marido Ruy Velázquez que tome represalias contra sus sobrinos.

Ruy Velázquez urde entonces una doble traición: envía a su cuñado Gonzalo Gustios a Córdoba con una carta para Almanzor, escrita en árabe, pidiendo la ejecución del portador. Mientras tanto, engaña a los siete infantes y a su ayo, Nuño Salido, llevándolos a una expedición militar en los campos de Almenar (Soria). Allí, en connivencia con las tropas musulmanas, los abandona a una emboscada donde los siete hermanos son decapitados tras una heroica resistencia.

En Córdoba, Almanzor se compadece de Gonzalo Gustios y, en lugar de matarlo, lo retiene preso. El momento más doloroso ocurre cuando le presentan las siete cabezas de sus hijos, las cuales reconoce con profundo llanto. Durante su cautiverio, Gustios mantiene una relación amorosa con una hermana de Almanzor (llamada Zaida, Fátima o Arlaxa), de la cual nacerá un hijo. Antes de ser liberado, Gustios rompe un anillo y deja una mitad como señal para que su descendiente pueda ser reconocido en el futuro.

Años después, Mudarra, el hijo nacido en Córdoba, viaja a Castilla tras ser nombrado caballero por Almanzor para conocer a su padre y vengar a sus hermanos. Al llegar, es reconocido gracias al encaje de las dos mitades del anillo y se convierte al cristianismo. Mudarra cumple su propósito matando a Ruy Velázquez y quemando viva a Doña Lambra, restaurando así el honor de la familia de Lara.

El legado de esta leyenda ha perdurado a través de los siglos tanto en la literatura como en el patrimonio material. Fragmentos del cantar original se conservaron en el Romancero Viejo y la historia inspiró obras de teatro del Siglo de Oro de autores como Lope de Vega y Juan de la Cueva. En la actualidad, el monasterio de San Millán de Suso alberga los supuestos sarcófagos de los infantes, mientras que en la iglesia de Salas se han custodiado tradicionalmente siete cráneos que se atribuyen a los hermanos asesinados.

Desde un punto de vista crítico e historiográfico, el Cantar de los siete infantes de Lara presenta una fascinante dualidad entre la invención poética y la realidad histórica. Las investigaciones señalan que solo tres personajes de la obra tienen una existencia histórica indiscutible: el conde García Fernández, el caudillo Almanzor y el general Galve. El resto de los protagonistas, incluyendo a Gonzalo Gustios y los propios infantes, carecen de respaldo en la documentación diplomática del siglo X, lo que sugiere que son creaciones juglarescas para dotar de nombres familiares a la narración.

Asimismo, la obra contiene graves anacronismos, como situar a Mudarra en Castilla en el año 968, fecha en la que García Fernández aún no gobernaba. La crítica moderna distingue entre la historicidad (hechos reales) y la verosimilitud (hechos que parecen verdaderos por la ausencia de elementos fantásticos). Aunque el cantar refleja con éxito el "clima" de la época —como las alianzas entre nobles cristianos y musulmanes—, la expedición de Almenar se considera una creación literaria que no debe confundirse con hechos como el ataque histórico a Deza en 974. En conclusión, el valor del cantar no reside en su precisión documental, sino en su capacidad para representar de forma magistral los valores de lealtad y justicia individual del nacimiento de Castilla.

La reconstrucción del Cantar de los siete infantes de Lara (o de Salas) es un hito de la filología española, ya que el poema épico original en verso se considera desaparecido. Sin embargo, su contenido fue rescatado principalmente gracias a que los cronistas medievales lo utilizaron como fuente histórica.

A continuación se detallan los aspectos clave de este proceso de reconstrucción según las fuentes:

El papel de las crónicas medievales

El testimonio más antiguo de la leyenda figura en la versión ampliada de la Estoria de España (antes de 1289), compuesta durante el reinado de Sancho IV. Los redactores de las crónicas alfonsíes consideraban los cantares de gesta como fuentes verídicas y transcribieron extensos fragmentos de ellos, pero aplicándoles un proceso de prosificación (convertirlos en prosa).

La labor de Ramón Menéndez Pidal

Fue el filólogo Ramón Menéndez Pidal quien encontró indicios de la existencia del antiguo cantar perdido al analizar estas crónicas. Su método se basó en los siguientes puntos:

  • Detección de rimas: A pesar de estar en prosa, los textos cronísticos conservaban una abundancia de rimas asonantes y rasgos de estilo propios de la literatura épica.
  • Restauración de versos: Partiendo de la versión de la Estoria de España, Pidal logró reconstruir parcialmente hasta 559 versos del primitivo cantar.
  • Datación: Gracias a esta reconstrucción, se pudo datar el poema original hacia el año 1000, lo que lo convierte en el ejemplo más primitivo de la épica española, anterior incluso al Cantar de mio Cid.

El Romancero como fuente complementaria

Además de las crónicas (como la Crónica de 1344 o la Crónica de los Veinte Reyes), la reconstrucción se apoyó en el Romancero Viejo. Según la tesis de Menéndez Pidal, los romances surgieron cuando fragmentos de los largos poemas épicos se independizaron para ser cantados de forma autónoma. En la actualidad, se conservan seis romances épicos que han permitido completar la visión de la leyenda.

Importancia de la reconstrucción

El Cantar de los siete infantes de Lara es la obra que más restos conserva de su primitiva versificación dentro de las crónicas. Esta recuperación ha permitido a los estudiosos analizar motivos que vinculan la épica castellana con la escandinava y germánica (como el Cantar de los nibelungos), destacando elementos como la crueldad de la venganza y la justicia individual, que lo diferencian de la épica francesa.

martes, 24 de marzo de 2026

Esplendor y ocaso de la lírica galaicoportuguesa

La lírica galaicoportuguesa representó uno de los movimientos culturales más significativos de la Edad Media, desarrollándose fundamentalmente entre los siglos XII y XIV. Esta producción poética se realizó en galaicoportugués, la lengua primitiva de la que derivarían el gallego y el portugués modernos, y llegó a ser el vehículo fundamental de la lírica culta en la península ibérica, siendo cultivada incluso por poetas de otras regiones, como el rey Alfonso X el Sabio. Sus orígenes muestran una fuerte influencia provenzal, especialmente en los géneros de las cantigas de amor y de escarnio, adaptando temas, métricas y convenciones occitanas a la lengua vernácula del noroeste peninsular.

La evolución de esta lírica se puede dividir en cuatro periodos históricos: la época pre-alfonsina (hasta 1245), la época alfonsí (hasta 1280), la centrada en Don Denís (1280-1300) y la postdionisíaca (hasta 1350). El momento de mayor esplendor se sitúa entre 1232 y 1325, coincidiendo con las cortes de Fernando III, Alfonso X y Don Denís de Portugal. Sin embargo, a partir de 1300 se inició un periodo de retracción y decadencia debido al agotamiento del modelo, la falta de mecenazgo y problemas socio-históricos como la peste y el desinterés de la aristocracia.

Dentro de los géneros mayores, destacan las cantigas de amor, donde el trovador se dirige a una dama siguiendo el esquema del vasallaje feudal, y las cantigas de amigo, un género exclusivo de esta lírica donde una mujer expresa sus sentimientos amorosos. A diferencia de los géneros de origen provenzal, las cantigas de amigo tienen una raíz popular y autóctona, caracterizándose por el uso de la naturaleza y una estructura basada en el paralelismo,. Por último, las cantigas de escarnio y maldecir aportaban el componente satírico y burlesco, criticando vicios sociales y personajes de la época.

Es fundamental destacar la conexión de las cantigas de amigo con la tradición paneuropea de la "canción de mujer". Estas composiciones comparten el tema del anhelo femenino ante la ausencia del amado con las jarchas mozárabes, las chansons de femme francesas y las Frauenlieder alemanas. Al igual que en las jarchas, en las cantigas de amigo la muchacha suele tener como interlocutora a su madre o a la naturaleza, utilizando recursos como interrogaciones y exclamaciones retóricas para exaltar el sentimiento,.

El Cancionero de Ajuda es el testimonio manuscrito más antiguo de esta tradición, compilado posiblemente hacia 1280 en la corte de Alfonso X o de Don Denís. Conservado en el Palacio Real de Ajuda, este pergamino escrito en letra gótica destaca por sus numerosas miniaturas, aunque quedó incompleto, pues se dejaron espacios en blanco para la música y algunas ilustraciones no se terminaron. A diferencia de los cancioneros posteriores o "apógrafos", como el de la Biblioteca Vaticana, el de Ajuda recoge exclusivamente cantigas de amor.

En el ámbito de la lírica religiosa, las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio constituyen el monumento más importante. Esta obra, compuesta por 427 cantigas, es una de las principales fuentes para conocer la vida castellana del siglo XIII. Los códices que las contienen, especialmente el Códice Rico y el Códice Princeps de El Escorial, integran poesía, notación musical y una miniatura gótica renovadora que retrata desde reyes hasta sarracenos y judíos.

La ejecución de estas obras involucraba a diversos tipos de artistas: desde el trovador (autor culto) y el juglar (intérprete), hasta el segrel, un trovador profesional que aceptaba dinero, y las soldaderas, mujeres que bailaban durante la ejecución. Formalmente, las cantigas hacían un uso magistral del paralelismo y el leixaprén, recursos que dotaban a la composición de un ritmo lento y oscilante, reflejando la psicología de la voz lírica. La rima podía ser masculina o femenina, predominando versos decasílabos, octosílabos y heptasílabos.

Finalmente, el Códice de los Músicos (o Princeps) ofrece una riqueza organológica inigualable, presentando miniaturas de músicos con una vasta gama de instrumentos. Entre ellos se identifican cordófonos como la fídula, el rabel, el organistrum y el laúd (este último introductor de la música árabe), así como instrumentos de viento como el albogue, el añafil y el órgano portativo. Estas ilustraciones permiten reconstruir la imagen instrumentística del siglo XIII, aunque el criterio de selección de los instrumentos en las miniaturas no siempre guardara una relación rigurosa con la melodía de la cantiga.

A la luz de las fuentes analizadas, la lírica galaicoportuguesa no debe entenderse simplemente como un fenómeno literario, sino como una síntesis artística total que unificó la palabra, la música y la imagen. El hecho de que manuscritos como el de Ajuda o los de Alfonso X quedaran incompletos o presenten una naturaleza arqueológica tan rica sugiere que estas obras eran proyectos dinámicos y de un elevado costo material, reflejando el estatus de las cortes que las acogieron. Es notable cómo la tradición culta (provenzal) y la popular (cantigas de amigo/jarchas) convergieron en un mismo sistema lingüístico, elevando el galaicoportugués a una categoría de lengua de prestigio que superó fronteras geográficas. La relevancia de este legado reside en su capacidad para actuar como un espejo de la sociedad multicultural de la época, donde la confluencia de influencias cristianas, árabes y judías permitió alcanzar una excelencia creativa difícil de igualar en otros reinos europeos del siglo XIII.