Déjaselo a Psmith (1923) inaugura la presencia del protagonista más brillante de Wodehouse en el universo de Blandings, la mansión campestre que el autor convirtió en uno de los grandes espacios cómicos de la literatura inglesa del siglo XX. El castillo, gobernado en apariencia por el amable y distraído lord Emsworth pero en realidad por su imperativa hermana lady Constance, funciona como una pecera en la que los personajes se observan mutuamente sin acabar nunca de entenderse. Wodehouse establece desde las primeras páginas esa atmósfera de confusión benévola y privilegio inútil que caracteriza a toda la saga: un mundo en el que las gafas perdidas del conde, las opiniones de su jardinero escocés sobre las malvas y la llegada de poetas canadienses de pacotilla son asuntos de igual gravedad e igual urgencia.
La trama se articula en torno a un collar de diamantes que míster Keeble, marido sometido de lady Constance, desea sustraer discretamente para ayudar a su hijastra Phyllis y a su marido sin recursos. Para tan delicada misión recluta al inútil Freddie Threepwood, hijo menor del conde, quien a su vez contrata los servicios del misterioso Psmith tras leer su extravagante anuncio en el periódico. A este eje principal Wodehouse añade con maestría la presencia de la falsa poetisa Aileen Peavey y su cómplice Edward Cootes, que persiguen el mismo collar por cuenta propia; y de Eve Halliday, catalogadora de la biblioteca que actúa al mismo tiempo como interés romántico de Psmith y como agente involuntaria de Keeble. El resultado es una maquinaria de malentendidos, identidades fingidas y objetivos cruzados que el autor administra con precisión de relojero.
Ronald Eustace Psmith es, sin ninguna duda, la gran creación individual de esta novela y uno de los personajes más originales de toda la obra de Wodehouse. Su rasgo definitorio no es la inteligencia —aunque es inteligentísimo— sino el estilo: habla con una prolijidad solemne y levemente anacrónica que desarma a los adversarios, seduce a los aliados y convierte cualquier situación comprometida en una suerte de teatro privado del que él es siempre el director de escena. Psmith es un aristócrata venido a menos que ha pasado a vender pescado en el mercado de Billingsgate, pero su aristocracia verdadera es la del temperamento: nada le altera, nada le hace perder el monóculo, y ante el cañón de una pistola o la cólera de lady Constance reacciona con idéntica cortesía indestructible. En él Wodehouse anticipa, de manera cómica, al héroe existencialista que se define a sí mismo por el estilo con el que afronta un mundo absurdo.
Una de las claves estructurales de la novela es la proliferación de dobles y de identidades usurpadas. Psmith llega al castillo haciéndose pasar por el poeta canadiense Ralston McTodd, a quien Freddie encontró en el tren y persuadió de renunciar a la visita. Paralelamente, Aileen Peavey finge ser una poetisa sentimental cuando en realidad es una criminal con experiencia. Incluso Eve Halliday llega a Blandings con un propósito que no es del todo el que declara. Esta cadena de imposturas no tiene en Wodehouse ningún contenido moral oscuro: el disfraz es simplemente el medio por el que los personajes activos burlan a los personajes inmóviles, los que poseen el dinero y el poder sin saber qué hacer con ellos. La novela celebra, de una manera que no deja de ser subversiva, la astucia del que no tiene más capital que su ingenio.
Eve es uno de los retratos femeninos más logrados de Wodehouse: enérgica, práctica, capaz de registrar un sótano a oscuras con la misma determinación con que Freddie rehúsa bajarlo por miedo a los escarabajos. Su relación con Psmith sigue el patrón que el autor perfeccionaría en toda su obra: el hombre brillante y verboso que encubre su afecto real tras una cortina de frases, y la mujer que debe decidir si la pantalla le encanta o le irrita. La escena en la casita del guardabosques, en la que Psmith y Eve descubren que ambos trabajan para el mismo objetivo sin saberlo, es uno de los episodios de reconocimiento más felices de toda la novela cómica inglesa. Wodehouse no construye el amor como conflicto sino como convergencia: los dos personajes son iguales en valentía y en inteligencia, y la comedia consiste en el tiempo que tardan en advertirlo.
Alrededor de Psmith y Eve, Wodehouse despliega una colección de satélites que constituyen una de las galerías de la comedia de costumbres más completas de su época. Lord Emsworth, absorto en sus cerdos y sus flores, es la encarnación del aristócrata inglés como niño grande, incapaz de gobernarse a sí mismo y perpetuamente a merced de quien se tome la molestia de gobernarlo por él. Rupert Baxter, el secretario eficiente de gafas relucientes, representa el tipo del administrador sin humor que acaba siendo derrotado precisamente por su exceso de seriedad. Freddie Threepwood, cobarde, entusiasta y cinematográficamente educado, funciona como catalizador del caos. Y el matrimonio Cootes-Peavey, una deliciosa parodia del equipo criminal cinematográfico, añade la nota de peligro sin la cual el enredo perdería uno de sus resortes esenciales.
Sería un error reducir Déjaselo a Psmith a su argumento, porque en Wodehouse el argumento es solo el pretexto: la novela existe en su prosa. Cada frase está calibrada para producir un efecto preciso, ya sea mediante la comparación inesperada —lord Emsworth «desinflado como un calcetín mojado»—, el bathos de quien introduce lo cotidiano en lo solemne, o la perífrasis que Psmith utiliza sistemáticamente para rodear los hechos más simples con un aparato retórico de comicidad abrumadora. La prosa de Wodehouse es, en el sentido más exacto del término, musical: tiene ritmo, contratiempo y resolución, y el lector que la lee en voz alta descubre que cada coma ha sido colocada con la precisión de una nota. En esta novela esa calidad alcanza una de sus cimas, porque Psmith, al hablar, reproduce el idioma mismo del narrador, creando un espejo verbal en el que el estilo del autor se refleja y se reconoce.
Déjaselo a Psmith es, ante todo, una obra maestra de la comedia como forma cerrada: un sistema de piezas que encajan con una perfección que en la literatura solo está al alcance de los escritores que han convertido la comicidad en una disciplina. Wodehouse pertenece, junto a Dickens y Evelyn Waugh, a esa tradición británica que toma en serio la risa, que no la considera un ornamento sino el instrumento mediante el cual una sociedad se examina a sí misma con una honestidad que el drama raramente alcanza. Blandings no es un mundo de evasión: es un mundo en el que la riqueza heredada no garantiza la dignidad —lord Emsworth—, en el que la autoridad moral puede ejercerse con tiranía perfectamente legal —lady Constance—, en el que el talento genuino no tiene acceso sin disfrazarse —Psmith— y en el que la virtud más valorada es, al final, la agilidad mental de quien sabe improvisar ante la adversidad. La novela tiene también sus limitaciones: el mundo de Wodehouse es étnica y socialmente homogéneo hasta la opacidad, y su mirada sobre las clases trabajadoras —cuando aparecen— es condescendiente aunque no malintencionada. Pero dentro de ese marco ideológico delimitado, la ejecución es de una perfección que ningún lector que aprecie el idioma como artefacto artístico puede ignorar. Psmith, que dice al final que va a casarse como quien anuncia que va a tomar el té, es la última figura del caballero inglés antes de que la Historia deje de hacerle sitio: elegante, inútil para cualquier propósito serio, e infinitamente preferible a quienes se toman en serio a sí mismos.


